Karla estaba exhausta y abrumada, buscando respuestas.

“Esto tiene que acabar”, exclamó. ” ¡Él tiene que aprender!”

“¿Qué esperas que aprenda?” Yo le pregunté.

“Que no podemos andar rompiendo la reglas” Karla respondió. “Pero cuanto más lo intento, más empeora. A veces he sido dura, quitándole privilegios. Pero eso sólo le hace enfadar. Otras veces, trato de ser diplomática, o dejo pasar el incidente, esperando que aprenda por sí mismo. Pero nada de lo que hago conecta con él”.

La experiencia de Karla ejemplifica las dificultades que muchos padres enfrentan a la hora de disciplinar. Cuando responden a una mala conducta de sus hijos, los padres van de un extremo a otro: Son dominantes (atacando y controlando la conducta a través de la agresión o amenazando con sus consecuencias) o son pasivos (renuncian a algunas cuestiones de disciplina porque la confrontación les parece difícil). Sin embargo, ni controlar ni evitar el mal comportamiento de nuestros hijos les enseña a los niños las lecciones necesarias de respeto y responsabilidad. Podemos lograr hacer que tengan el comportamiento que queremos o una ilusión temporal de paz familiar, pero nuestros hijos no desarrollarán la capacidad de tomar decisiones sabias por sí mismos.

¿Existe un mejor enfoque que nos permita llegar al corazón de nuestros hijos durante la disciplina? Creo que sí. Lo que es mejor aún, los padres pueden pensar, actuar y amar alineados con el corazón que Dios tiene para la disciplina. Mientras corregimos a nuestros hijos, ellos necesitan escuchar cuatro mensajes importantes:

“Estás a salvo conmigo”

Para que nuestros hijos aprendan las lecciones importantes de la vida, primero deben sentirse emocional y físicamente seguros. Cuando nos apresuramos a interactuar enfocándonos en la necesidad de controlar el comportamiento, nuestros hijos pueden percibir que no somos un lugar seguro, sobre todo cuando mostramos ira. Pero cuando nuestros hijos perciben que están a salvo con nosotros- y seguros para hablar de conflictos, motivaciones y comportamiento – son más receptivos a nuestro amor y guía.

En ocasiones, para poder progresar, tenemos que dar un paso atrás por un momento y estudiar la situación. Esa es una lección que yo he aprendido por las malas algunas veces. Cada vez que entraba en una pelea con mis tres hijos, tratando de forzar mis planes sin antes sondear el terrero, nunca progresaba mucho. La mayoría de las veces perdía terreno.

Con esto, aprendí que cuando quería que mi disciplina conectara, tenía que hacer algo primero para preparar el terreno. Esto podría ser algo tan pequeño como tomar una respiración profunda. También podría ser una oración, e incluso, alejarse por un momento. El punto es reemplazar la meta de hacer que el problema desaparezca, y cambiarla por la meta de modelar con calma la gracia y la verdad de Dios.

Cuando nos tomamos un momento para manejar nuestro estrés y emociones, la interacción posterior con nuestros hijos envía un mensaje crucial: “Estás a salvo conmigo”. Este mensaje establece una base para otros mensajes.

“Eres amado sin importar lo que pase”

¿Su disciplina muestra amor? Como padres, a menudo pensamos que sí. “Es un amor con mano dura”, decimos. “Me duele más a mí que a ellos”.

Hay algo de mérito en los métodos “duros” como parte de la disciplina amorosa. Pero si eso es todo lo que los niños reciben, se perderán de experimentar la plenitud del corazón de Dios ante el mal comportamiento de la gente. Pocas veces la disciplina dura es entregada con perdón y gracia. E incluso, si creemos sinceramente que nuestra disciplina se hace con amor, nuestros hijos a menudo escuchan un mensaje muy diferente. Escuchan, soy un chico malo o soy un problema.

Por el contrario, los padres pueden tratar de mostrar amor dejando a los niños libres de consecuencias. A veces hay buenas razones para la clemencia. Pero si regularmente ignoramos la mala conducta, los niños no se harán responsables de sus acciones.

La mayoría de los padres reconocen la importancia de expresar amor, pero perdemos muchas oportunidades de mostrar amor cuando más se necesita. Si expresamos amor sólo cuando nos gusta el comportamiento de nuestros hijos, les mostramos un amor condicional. Nuestras expresiones de amor más poderosas ocurren cuando los niños se portan mal. Es el único momento en que podemos convencer a nuestros hijos de que siempre los amaremos sin importar lo que hagan.

A veces pido a los padres que consideren cómo sería si sus momentos de disciplina fueran grabados en video. Si esa grabación se mostrara a un grupo de niños, con el volumen apagado, ¿cómo dirían que es ser el niño que está siendo disciplinado? El lenguaje corporal, las expresiones faciales, las palabras y el tono, todo esto da un conjunto de mensajes a nuestros hijos.

Así como los creyentes responden al amor incondicional de Dios, cuando los niños se sienten amados a través del tacto, de la escucha, de las palabras amables y de la empatía, ellos quieren comportarse de manera que agraden a quien los ama. Cuando un amor como este aparece durante la disciplina, el desafío rígido se derrite como el hielo en el pavimento cuando es calentado por el sol.

“Eres escogido y capaz”

Dios nos ha creado con capacidades únicas que nos equipan para las buenas obras que Él ha preparado para nosotros. Cuando nuestros hijos se portan mal, esos dones no desaparecen; sólo se muestran de forma egoísta y poco útil. De hecho, el mal comportamiento a menudo implica algún tipo de don que ha salido mal. Los padres pueden tratar de reprimir la habilidad para detener el comportamiento o redirigirlo para propósitos poderosos.

Esta perspectiva puede ayudarnos a formar nuevas actitudes en el momento de la disciplina. Podemos empezar a ver las fortalezas que se ocultan detrás del mal comportamiento de un niño. Detrás de los lloriqueos hay un elemento de persistencia. Detrás de un niño discutidor está la confianza y la honestidad inquebrantable. Los niños con voluntad fuerte pueden convertirse en grandes líderes. Otros incidentes pueden revelar destellos de creatividad y coraje que se esconden detrás del mal comportamiento.

Afirmar la fortaleza de un niño cuando la ha usado con fines negativos no es fácil. Pero puede ser vital. Podemos centrarnos en el potencial de un niño más que en su fracaso – el potencial de usar una fuerza para el bien – y luego hacerlo responsable de sus decisiones.

Usted podría decir: “Normalmente admiro tu persistencia, y algún día te servirá de algo, pero la forma en la que estás usando esa fortaleza en este momento, no ayuda. Si pausas el juego ahora mismo, puedes volver a jugar después de hacer los deberes. Si no lo haces, entonces perderás el privilegio por el resto de la semana.”

Este tipo de respuestas, dadas de forma respetuosa, abren nuevas posibilidades para guiar a nuestros niños a través de los desafíos del comportamiento.

“Eres el responsable”

Cuando las consecuencias son necesarias, nuestro ejemplo a seguir es Dios, que “nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad” (Hebreos 12:10). Así que aplicamos las consecuencias, no con la creencia de que cambiarán a través una determinada cantidad de dolor, sino sabiendo que aprender a tomar decisiones sabias y piadosas puede ser a veces doloroso. A veces esto es tan simple como dar a los niños una oportunidad de volver a hacerlo. Si hicieron algo de manera poco servicial o hiriente, pídales que repitan esa respuesta de manera correcta u honrosa. Podemos preguntar varias veces con la esperanza de que aprendan un buen hábito.

Una parte crítica de la disciplina es ayudar a los niños a reconocer el impacto natural de sus decisiones – para caigan en cuenta de que “lo que uno siembra, eso también cosechará” (Gálatas 6:7). Cuando los niños descubren los resultados reales del comportamiento (no los resultados artificiales de la intervención de los adultos), a menudo son motivados reparar lo que han hecho.

Así que, como padres, primero les ayudamos a entender a quiénes hirieron o incomodaron, o cómo alguna cosa física necesita ser arreglada. Luego les ayudamos a encontrar algunas formas de repararlo. Por ejemplo, cuando un niño usa las manos para lastimar a un hermano, puede arreglar las cosas usando las manos para ayudarle, tal vez haciendo una tarea para ese hermano, o tal vez, creando una tarjeta o dibujo que afirme a la persona que ha lastimado. O si a un niño se le ha llamado varias veces la atención por jugar afuera en calcetines y sin zapatos, puede tener que sacar de su propia alcancía para comprar otro par de medias.

Las consecuencias bien aplicadas ayudan a los niños a sentir remordimiento por lo que han hecho, pero también experimentan una acción que ayuda a hacer las cosas bien. Un niño que se niega a terminar las tareas tiene privilegios cuando las termina, y después de hacer una tarea extra para compensar las molestias que ha causado a otros. Un niño que ha mentido ayuda a crear un plan práctico para restaurar la confianza en sus relaciones afectadas.

Hay muchas posibilidades, y este enfoque probablemente tomará un estilo propio mientras lo practica en su casa. Pero lo básico sigue siendo lo mismo. En lugar de ser punitivas, las consecuencias deben ser constructivas. Y recuerde que incluso una consecuencia constructiva impuesta de manera controladora o enojada no llevará finalmente a un niño hacia un verdadero cambio de corazón. Las consecuencias descansan en los cimientos de la seguridad, el amor y la afirmación.

E incluso si los cambios en el comportamiento de sus hijos se producen más lento de lo que usted espera, aprenderá a estar tranquilo y confiado en sus esfuerzos, impulsado más por lo que es mejor para cada niño que por la urgencia del momento. Cuando nos basamos en este propósito, estamos mucho mejor posicionados para influenciar a nuestros hijos hacia decisiones más sabias a largo plazo.

Jim Jackson y su esposa, Lynne, son los cofundadores de Familias Conectadas, una organización enfocada en ayudar a los padres a disciplinar con amor y propósito. Son los autores de “Disciplina que conecta con el corazón de tu hijo”.