Claro que al asumir esta perspectiva, se está adoptando igualmente un paradigma que supera el viejo y errático enfoque adulto-céntrico que señala  que los adolescentes y jóvenes son el futuro  la sociedad, que deben ser enseñados en el presente para asumir un papel protagónico en el futuro, que deben estar receptivos en una posición pasiva y estática para ser orientados y enseñados por los adultos, en el tiempo que les corresponde.

Pero la verdad es que el viejo paradigma es cada vez  más rebasado y descartado por su evidente obsolescencia. Los adolescentes y jóvenes han reclamado con razón su esencial necesidad de aprender y crecer, pero ejerciendo sus derechos dirigidos hacia una libre expresión y un protagonismo activo en la construcción de su propio presente y futuro.

Hace algunos años atrás, en el crepúsculo del siglo pasado, tuve una significativa, hermosa y provechosa experiencia al ser invitado a participar en un encuentro y proceso de formación de liderazgo juvenil en Israel.

En aquella oportunidad, compartí con adolescentes y jóvenes de diversos países del mundo: de América Latina, Asia, África y Europa. Me causó un especial e importante impacto relacionarme con jóvenes israelíes y palestinos que convivían en el instituto donde estudiábamos. De igual manera, jóvenes judíos, musulmanes y cristianos compartían sus necesidades, sueños y esperanzas  y desarrollaban sus trabajos de forma conjunta y armoniosa. Jóvenes que, por encima de sus diferencias de diverso tipo, se unían en propósitos superiores comunes.

Pero otra de las enseñanzas más profundas que me dejó aquella experiencia fue la enorme y sólida convicción de los adolescentes y jóvenes participantes en cuanto a su potencial para compartir y asumir tareas de liderazgo en sus familias y en la sociedad, contribuyendo con sus significativos aportes en un esfuerzo que debe ser siempre intergeneracional, para ser bueno, para ser inclusivo, para ser efectivo y justo.

Desde mi perspectiva, lo que observé en aquel grupo de adolescentes y jóvenes en Israel, es lo que se ha venido expandiendo desde entonces en las nuevas generaciones de adolescentes y jóvenes en varios continentes. Es decir, un lúcido compromiso de participación en la construcción de sus propios destinos y una responsabilidad en cuanto al aporte que deben realizar para una mayor y mejor convivencia intergeneracional.

En la actualidad, los adolescentes y jóvenes son más críticos y seguros, expresan sus opiniones con propiedad y convicción, asumen responsabilidades -familiares, personales, laborales, profesionales, sociales- sabiendo que sus naturales características los sitúan en papeles activos y protagónicos en los diversos escenarios donde se desenvuelven.

En la juventud  hay un torrente poderoso de energía y actividad, hay impulso y deseo por realizar, hay creatividad e innovación, prevalece el optimismo y el entusiasmo, hay relativa impaciencia por los resultados inmediatos y este deseo hace que se inyecte alguna presión y pasión hacia el arribo de logros. Los jóvenes, por lo general, son alegres y positivos, excelentes cualidades para encontrar y promover motivación en todos los ámbitos de la vida. Pero sobre todo, los jóvenes están abiertos a la convivencia, a compartir, al intercambio de conocimientos y experiencias.

Ahora bien, por razones obvias de sana convivencia, los eventuales conflictos entre las generaciones deben evitarse y, si se presentan, resolverse con prontitud. Hoy en día, en los diversos escenarios se han incrementado las posibilidades de convivencia entre las generaciones. Por razones sociales, económicas y hasta de salud, la presencia durante mucho tiempo en espacios compartidos de niños, adolescentes, jóvenes, adultos y adultos mayores ha aumentado dramáticamente en las últimas décadas. Y se seguirá incrementando hacia el futuro.

En la esfera familiar, por ejemplo, al menos dos factores han contribuido para que se propicien mayores espacios de convivencia intergeneracional. Por un lado, los jóvenes se mantienen más tiempo en sus hogares con sus padres, debido a que la edad para casarse o independizarse se ha retrasado hasta después de los treinta años. Y, por otro lado, la esperanza de vida de las personas ha aumentado significativamente en los últimos años, haciendo que las personas mayores prolonguen sus años de vida y, con ello, muchos de sus requerimientos físicos, mentales y emocionales se deban compartir en los entornos familiares.

En las esferas social y laboral también estas características se manifiestan en las convivencias intergeneracionales. En las estructuras y dinámicas de trabajo, por ejemplo, cada vez se incorpora una perspectiva que privilegia la conformación de equipos con diversas características: género, profesionales, temperamentos, etarias.

Los equipos donde existen profesionales adultos y mayores, proporcionan experiencia, conocimiento, visión, capacidad para enfrentar y resolver dificultades, paciencia, serenidad y perspectiva; los jóvenes, por su parte, aportan ilusión, motivación, dinamismo, creatividad, innovación y entusiasmo. El diálogo y encuentro entre las generaciones posibilitará un aprovechamiento de todas las cualidades, haciendo que los objetivos integrales de la organización sean alcanzados con plena satisfacción.

A nivel social ocurre de manera semejante. En países europeos se están impulsando iniciativas comunitarias que propician la convivencia entre jóvenes y adultos mayores. Sabemos que una importante cantidad de países de Europa y América Latina están experimentando aumentos drásticos en sus porcentajes de adultos mayores en proporción a la disminución de la población más joven en edad productiva. Esto hace que se estén adoptando medidas para aprovechar el gran potencial que conservan los adultos mayores, los cuales lejos de ser tratados como personas desahuciadas, son incorporados activamente a muchos programas importantes de sus comunidades.

Pero el papel de los jóvenes es determinante en este proceso, porque los jóvenes conviven con las personas mayores en complejos habitacionales creados para este fin, y les retribuyen sus contribuciones de experiencias y conocimientos con atenciones y cuidados específicos. De este modo, la sociedad se beneficia, aprovechando el enriquecedor diálogo e intercambio intergeneracional.

Hay un nuevo paradigma que se está consolidando. En los umbrales del siglo XXI los adolescentes y jóvenes ya no son recipientes pasivos en espera de las enseñanzas y de las experiencias de los adultos. Son actores protagónicos en el diseño y construcción de sus propios proyectos de vida. Pero aún más, el aporte de las nuevas generaciones al desarrollo y bienestar de  la familia y de la sociedad, es fundamental e imprescindible. En efecto, los jóvenes que actúan con sabiduría, son conocedores de su potente músculo intelectual, emocional y espiritual, son conscientes de sus cualidades específicas y de cómo éstas pueden aportar a su propio desarrollo y bienestar, así  como contribuir al crecimiento familiar y social;  pero reconocen igualmente que no lo pueden hacer solos, que la vida personal, familiar, laboral y  social, solo puede alcanzar su plenitud cuando se sustituye el conflicto por el encuentro entre las generaciones, cuando se hace posible la contribución y el aporte de todos.